Mi temor más profundo





 Desde siempre he luchado con un miedo que nace en mi interior de no estar a la altura de las expectativas que otros tienen de mí. Es muy probable que mi madre me exigiera mucho, pero, ¿qué padre no le pide más y más a sus hijos para lograr que sean mejores cada día?
Entonces, desde allí tengo una carrera constante conmigo misma, y pienso en todo momento que nada de lo que hago es suficiente, no he estudiado lo suficiente, no he trabajado lo suficiente, no me esfuerzo lo suficiente en mi papel de madre, hija, esposa, hermana, nieta y amiga. Y al exigirme tanto, al tener estándares de calidad tan altos para dar, pienso que el retorno debe ser igualmente bueno y por supuesto, muchas veces eso no es así y la decepción me mata por dentro.
Es un estrés terrible el tratar de complacer a todos y sentir siempre que nada de lo que haces es suficiente, incluso haciendo de lado otras cosas importante en tu vida; como vivir tu vida y tomar tus propias decisiones, hacer tus cosas, que de seguro nadie las hará por ti.
En momentos de reflexión quiero bajar el ritmo y empezar a decir no; es difícil pero sano decir que no.
Bajar el ritmo de mis exigencias conmigo, bajar el ritmo de querer hacer todo lo mejor que se puede para no hacer sentir mal a otros; sí, aunque no lo crean esas cosas pasan con más frecuencia de lo que la gente piensa.
Y entonces, recuerdo un hermoso poema de Marianne Williamson que me encontré en el libro del 8vo Hábito de Stephen Covey, y luego me lo volví a tropezar en el libro Los Discursos del Poder de Liliana Viola, que dice así:
"Nuestro miedo más profundo no es creer que somos inadecuados.
Nuestro miedo más profundo es saber que somos poderosos más allá de la mesura.

Es nuestra luz, no nuestra oscuridad, lo que más nos asusta.
Nos preguntamos
¿Quién soy yo para sentirme brillante, atractivo, talentoso, fabuloso?

Pero en realidad, ¿quién eres tú para no serlo?
Tú eres un niño de Dios.
Tu juego a ser insignificante no sirve al mundo.
No hay nada de iluminación en hacerte menos,
con el fin de que otras personas no se sientan inseguras a tu alrededor.

Todos podemos brillar, tal como lo hacen los niños.
Todos nacimos para manifestar la Gloria de Dios que se encuentra en nuestro interior.
Esta gloria no está dentro de unos cuantos, está dentro de todos nosotros.
Y cuando permitimos que nuestra propia Luz brille,
inconscientemente damos la oportunidad a otras personas de hacer lo mismo.
Conforme nos vamos liberando de nuestros miedos,
nuestra presencia libera a otros automáticamente
.
 No permitamos que nuestro temor nos opaque con el riesgo de que se apague esa luz interior que nuestro creador puso en cada uno de nosotros como regalo del Universo.

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